Tumbando el muro de Berlín ... otra vez


Hace 53 años Walter Ulbricht, presidente de la República Democrática Alemana (R.D.A.), dijo una mentirilla en una conferencia: “Nadie tiene la intención de construir un muro”. No podemos culparlo de mentiroso porque su deber era no arruinar la sorpresa que constituía aquel secreto de estado, nada más y nada menos que construir un muro entre Berlín del Este y del Oeste. Irónicamente, la República “Democrática” fue la Alemania donde no había democracia. Desde 1.949 hasta 1.961 parecían haber tres Berlínes: La del Este, la del Oeste y la frontera entre ellas. Diariamente muchas personas iban y venían de un país a otro, término acuñado como grenzgänger. El trayecto era mucho más sencillo que ir y venir de Cúcuta a San Cristóbal; recordemos que estamos hablando de una sola ciudad. Mientras unos buscaban lujos y modernidad, otros se aprovechaban de los baratos alimentos básicos que les vendían en mercado negro o de las viviendas baratas. Este intercambio afectaba negativamente la economía planificada de la R.D.A., república que en sus once años de creación había sufrido la emigración de más de un 15% de sus habitantes, es decir, 2.000 personas abandonando el país cada fin de semana. Bastó una sola noche señores y señoras, del 12 al 13 de Agosto de 1.961, para dividir la ciudad usando alambres de púas, palos de madera y miles de policías. Quien se emborrachó el sábado en el Este ya no podría volver el domingo a descansar a su casa en el Oeste, porque todos los medios de transporte que comunicaban las dos Berlínes fueron cancelados. Para volver, la única solución era que no le temblara el pulso para traspasar los huecos y fallas del precoz muro. Rápidamente el muro se convirtió literalmente en una cortina de hierro. Fue rediseñado 4 veces durante sus 28 años de existencia. La decisión de tumbar el muro de Berlín también tomó una noche, del 9 al 10 de Noviembre de 1.989. Probablemente este fue uno de los días de la humanidad en que más desconocidos se abrazaron. El detonante de la caída del muro fue un malentendido en la nueva ley de viajes por parte del presidente de la R.D.A. durante una rueda de prensa. Un pedazo de muro fue conservado con la intención de crear lo que hoy en día es la más grande galería de arte urbano al aire libre, la East Side Gallery. El proyecto organizó 129 artistas de 20 países y fue llevado a cabo en 1.990 (http://www.eastsidegallery-berlin.de/). La creación de una galería parece un final feliz a lo que fue una historia de terror. Sin embargo, este cuento no ha llegado a su final. El año pasado (2013) la East Side Gallery tuvo que enfrentarse al proceso de gentrificación (del inglés, gentrification). Esto es lo que ocurre cuando una zona deteriorada de la ciudad es tomada por artistas, quienes la convierten en la zona trendy y de repente los yuppies quieren mudarse allí. En consecuencia, la zona barata y accesible pasa a ser cara y complicada. Para los inversionistas del lujoso complejo de apartamentos que casualmente queda cerca de la galería, la East Side Gallery es un muro grafiteado que obstaculiza el tránsito de maquinarias. Para las 6 mil personas que manifestaron el año pasado con la intención de bloquear a los trabajadores que iban a demoler la galería, ese muro significa un sentimiento: Berlín. Durante las dos décadas de existencia de la galería miles de turistas la han recorrido y fotografiado. Curiosamente, David Hasselhoff (sí, el señor de Baywatch) se casó el año pasado con el muro durante las protestas. Según la prensa local, esto no es lo más disparatado que Mister Hoff ha hecho en su vida, así que la gente tomó en serio su acción surrealista, y nadie osó en preguntar: ¿Y tuvieron muritos? A pesar de las protestas, el año pasado (2013) se tumbaron 8 m2 del antiguo muro de Berlín, que formaban parte de los 1.300 m2 que conforman la East Side Gallery. Desde la unificación de Alemania, Berlín ha ido cambiando, uniendo opuestos y ha sido nido de ilusiones. Hace 15 años Berlín estaba llena de espacios vacíos. Algunos fueron aprovechados por movimientos okupas. Era muy sencillo obtener un espacio para vivir o comenzar un negocio. Hoy día Berlín sufre la enfermedad de “estar de moda”. Desde el 2.007, el precio de las viviendas ha aumentado un 30%, y se espera que siga aumentando. Desafortunadamente muchos habitantes de Berlín, principalmente jóvenes, ancianos y comunidades de inmigrantes (especialmente turcos) que han vivido durante décadas en la ciudad no tienen el poder adquisitivo que exigen los nuevos alquileres. La gentrificación y la moda los está aplastando. La gentrificación no solo beneficia a los ricos ni ocurre nada más cuando los artistas hacen que una zona se vuelva vibrante. Berlín del Este tuvo que gentrificarse para poder fusionarse con Berlín del Oeste; esto implica iluminar calles oscuras, construir un baño privado en cada apartamento en lugar de un baño compartido con todo el edificio, apartamentos con calefacción en lugar de usar hornos de carbón, etc. Sin embargo, como afirma el profesor de Harvard Svetlana Boym, “las ruinas son parte de la identidad de Berlín”. Una Berlín sin grafitis es inconcebible. Pero una Berlín sin nuevos inversionistas también es inconcebible. Hace dos años el torbellino de la gentrificación sacudió la casa de arte Tacheles, un edificio tomado por okupas luego de la caída del muro. Tacheles era símbolo de que en Berlín la contracultura había ganado la batalla … pero no la guerra. Actualmente el edificio pertenece a un banco y solo resta una pequeña galería en la parte trasera del edificio. La gentrificación es y será tema de debate ético y es usado en discusiones políticas, ya que implica decidir el rumbo de una urbe y sus habitantes. Actualmente existen personas en Berlín pagando la misma renta desde 1.962, personas que aumentan la renta un 300% gracias a remodelaciones “ecológicas” del edificio, personas con el estómago para llevar a su arrendador a la corte y quienes deciden mudarse por las buenas. En mi humilde opinión, la gentrificación es como el capitalismo. No es que sea malo per se, sino que debe ir de la mano de un compromiso social, donde se protejan nuestras ganas de ser responsables y formar parte de un engranaje colectivo pero que deje espacios y oportunidades para la aventura. ¡Qué viva el lado wild de Berlín!